miércoles, 28 de noviembre de 2018

608

Hoy casi me ahogo.

He estado todo el día en silencio. Sola. Pensando. Y casi me ahogo.
Estoy cogiendo la costumbre de que al final del día, cuando ya nadie me mira, me escabullo y salgo corriendo lejos de mi cárcel. Respiro hondo, miro al cielo oscuro y resignada, vuelvo a casa para asumir que, no se de qué forma ni en qué momento, me he convertido en una adulta.

A veces estas tan solo, que solamente tiene sentido.

viernes, 16 de noviembre de 2018

607



Es la primera vez que miro hacia atrás y no siento pena. Siento algo en la boca del estómago, pero no se que es. Quizás siento nostalgia. Echo de menos sentir con intensidad. Siempre me dije a mi misma que sentir en exceso era lo único que se me daba bien. Y no es mentira, pero tampoco una verdad completa. No es lo único que se me da bien. Se me da bien estar sola. Muy muy sola. Se me da bien retraerme y darle la espalda a todo ese ruido y quedarme en blanco. En paz y serenidad.
Que se me de bien no significa que lo haga muy a menudo. Porque no es que ahora mismo esté buscando una paz y serenidad etérea y silenciosa. Quiero ruido si, quiero ruidos muy particulares; quiero un viento fuerte que me despeine y me ensordezca. Quiero gotas de lluvia taladrando el cristal de mi buhardilla. El aleteo de las tórtolas y risas de niños corriendo por la planta de abajo. Ladridos y el zumbar de las abejas. Los grillos por la noche. Las golondrinas por la mañana. La avena bailar al viento y chocar entre ella sin ton ni son. Mis pasos haciendo crujir las hojas de las encinas al pasear.
No se me da bien echar la vista atrás y volver sin algún recuerdo roto.
Es por eso que me prohíbo sentir con demasiada intensidad. Porque últimamente viajo mucho al pasado, y empiezo a no soportar los golpes.



miércoles, 14 de noviembre de 2018

606


Qué me dirías si vieras la violencia que albergo. Si vieras cómo discuto conmigo misma hasta llegar a las manos. Hasta ahorcarme para acallarme. Porque lo veo, y no tengo nada que hacer contra ello. No puedo bajarme de la rueda, por primera vez en mi vida, realmente no puedo y me estoy dando cuenta ahora. Estoy congelada en medio del caos. Sin poder gritar, sin poder llorar, sin poder parar. Sólo observando cómo pasa el tiempo, cómo se suceden los días. Porque inevitablemente el tiempo pasa, para lo bueno y para lo malo. Y tengo que soportarlo sea como sea.

Recuerdo el día en que decidí no soportarlo más. El día que exploté, bajé los brazos y puse fin a todo. Y dejé caer mi cabeza sobre el frío cristal de la mesa, mientras me ardían las mejillas y mis ojos se derramaban serenamente, en silencio. Y mi padre corría a buscar el teléfono para pedir ayuda. Ese mismo día, cerré una puerta y abrí la siguiente. Y aquí estoy. Qué avance. Qué ironía.

 Aprendí que no es de cobardes parar para evitar el dolor. No es de cobardes. No es huir. No es rendirse. No es ser inútil. No es malo. No es el final de todo. Sólo de lo necesario.
Pero ahora no puedo parar. No puedo explotar, ni bajar los brazos, ni romperme en silencio siquiera. Porque lo que yo creía que era el mundo, no era más de una pequeña parte de lo que en realidad se me venía encima. Y la realidad es algo que no se puede parar, ni puedo pelearme con ella siquiera o decirle lo que pienso.

Ahora sí que tengo mucho que perder, pero no tengo nada que ganar. No encuentro un resquicio por el que poder respirar y me estoy ahogando. Y sé que no es el fin del mundo. Eso también lo aprendí en su momento, que en esta vida todo tiene solución menos la muerte. Y en mi caso, la solución es el tiempo. Esta vez no hay atajos, ni ayudas, ni metáforas, ni ejercicios de respiración, esta vez sólo es el tiempo. Hasta entonces, sólo puedo ahogarme y suspirar de vez en cuando. Contención. No lo jodas todo. Porque esta vez es tu trabajo y tu camino.

Quizás me cabreo porque no llego a ninguna conclusión, a ninguna solución, no encuentro ninguna luz ni ningún clavo ardiendo al que agarrarme. Yo misma cerco mis pensamientos, porque cuanto más ahondo en ello, más me cuesta salir. Así que en realidad es un ni quiero ni puedo. Pero lo necesito. Y de una bofetada se me pasa.

No sé por qué me hago tantas preguntas si al final siempre me respondo a mí misma lo que no quiero oír.

Tu qué me dirías.

611

Ahora escribo en un cuaderno muy pequeñito todas las cosas que quiero ordenar en mis pensamientos. Lo llevo siempre encima, aunque much...