lunes, 16 de enero de 2012

429

Me hubiera gustado estar en la guerra del Vietnam

Este año entró de bruces, las vacaciones no son lo mejor para mi. Un día sin nada que hacer y me vuelvo una maraña de estrellitas, rayos, garabatos, ratas y calaveras, a la que no soporta nadie.
Por otro lado, el trimestre empezó con buen pie. Aunque eso no significa que vaya a acabar de igual manera. Tengo ganas de que llegue el estrés, la tormenta de ideas y todas esas cosas que mantienen ocupada mi cabeza las veinticuatro horas, tanto de día como de noche. Total, no tengo nada mejor que hacer. Llevo sin salir de fiesta mucho tiempo. Ya no le veo nada a las fiestas. Normalmente, se celebra algo en ellas, pero yo no tengo nada que celebrar desde hace mucho tiempo. Dentro de poco se cumplirá un año y no me lo creeré por que en mi interior, en mi corazón, en mi alma, y en todas esas zonas cursis del ser humano en las que se alberga la esperanza y las cosas buenas que ya no me quedan, todavía creo que sigues aquí conmigo.
Pero esto no iba a ser una entrada triste, así que mejor convendría cambiar de tema.
Como iba diciendo, echo de menos el tener la cabeza llena de cosas. Cuando no tengo nada que hacer, me paro a recordar y es lo último que tengo que hacer, recordar. No, tengo demasiadas cosas por delante solo hay que esperar. Esperar. Otra vez esa maldita palabra. Es lo peor que tiene esta vida, el tener que esperar las cosas, las buenas y las malas.
Llevo bastante tiempo esperando a que regrese mi inspiración. Se fue de vacaciones y hasta entonces solo copio cosas como si eso fuera un gran logro. Sigo en el mismo bache, no salgo. Me compré libros de poesía a ver si encontraba algo entre páginas de Lorca o Miguel Hernández pero fue como un soplo de aire fresco en un caluroso día de verano. Vino, suavizó la cosa y se fue, dejándome a merced de la terrible esterilidad creativa. Creo que asi será a partir de ahora, hasta dentro de mucho tiempo.