domingo, 18 de mayo de 2014

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No sé por qué.

Recuerdo que cuando nos separamos lo negro se volvió aun más tenebroso. Y bueno, aprendí a moverme a ciegas. Lo difícil que era seguir el ritmo del mundo sin ti. Cuando por fin creí convertirme en la persona que siempre quise ser, llegó el huracán que arrasó con todo y me pregunté. ¿Dónde estás?¿Porqué te fuiste?¿Porqué te eché de mi vida así sin más? Cuantísimo recé para que aparecieras cuanto antes. E incluso llegué a soñar con ello cientos de veces. Y de pronto, en lo más profundo del abismo, de la nada apareciste y, ¿sabes qué? Me sentí con muchísima fuerza, me impulsé y conseguí coger aire de nuevo. Eres pura fuerza y dinamismo. Eres todo lo que  yo nunca he sido. Lo que necesito.

No sé por qué.
De verdad que lo analizo una y otra vez, reflexionando y buscando la respuesta.
¿Quién eres tú, que causas tanta impacto en mí?
No sé por qué. Pero lo agradezco en el alma. Y puede que aquí sea el momento de aplicar la teoría de la fe ciega y dejarme poseer y volar otra vez, más alto y mejor que nunca.

No sé qué tienes, pero lo he estado echando de menos durante cuatro años que se me han hecho una vida. Haré lo que esté en mi mano para que todo marche como siempre debió marchar. Aunque quién sabe; quizás estos cuatro años de total indiferencia eran necesarios para llegar a donde estamos. Quizá así es como debía ser.
Siempre he dicho que aunque agradezco todas las cosas buenas que me han pasado en la vida, aún más agradezco las cosas malas. Así es cómo llegamos a ser lo que somos. Por eso somos lo que somos. Y por eso eres lo que eres. Y te lo agradezco.

Deseo de todo corazón que hoy pases un muy feliz cumpleaños. Y deseo que sean muchos años los que pueda celebrarlos contigo.

En fin, no sé por qué. Pero no quiero saberlo, solo disfrutarlo.


Quien iba a decir que mi soledad, se iba a quedar sola, sola de verdad.








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Generalmente soy una persona fácil de contentar, de espíritu sencillo y todo eso. Me sorprendo a mi misma desbordando felicidad cuando menos me lo espero y me pregunto "¿Qué me hace tan feliz?" y la mayor parte de las veces, es la felicidad ajena. Me hace explotar de dicha.
Soy de esas que se preocupan constante e instintivamente por hacer felices a las personas de su entorno. De cualquier forma, manera humana o no, lo intento y me dejo la piel en pequeños e insignificantes actos que sé que marcarán la diferencia. Y cuando eso pasa, siento que puedo morirme tranquila en ese mismo instante.
He aprendido a no hacerme propios los problemas de los demás. Y mi madre si supiera de esto, me diría que no debo ir por ahí complaciendo a todos, que eso es de idiotas. Pero es una vocación, me gusta hacer felices a las personas que quiero.

También es cierto, que hay poca gente en la que esté interesada en contentar. Es como un instinto de protección, enfocado solo a aquellos a los que ves más débiles y desgraciados. Aunque sepa que luego son ellos los que me sacan las castañas del fuego. No esto no quiero decir que me sienta superior, ni mucho menos. Con esto digo que, a pesar de la visión de mierda y la falta inmensa de autoestima que tengo, se como hacer que los demás se sientan a gusto y se quieran, y quieran sonreír y quieran despertarse por las mañanas.

Y es por eso, que me merece la pena seguir haciendo lo que hago. Porque hago lo mismo que hace el resto del mundo, pero yo lo hago gratis, cobrando felicidad y autosatisfacción.

Entradas egocentrísimas donde las haya. Pero quiero dejarme claras mis virtudes, porque no suelo verlas a menudo.


Felicidad. Es tuya por derecho propio.