viernes, 11 de julio de 2014

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Hay días en los que el sol brilla demasiado, tanto que parece que va a explotar. Días en los que te rodeas de buenas personas que se ríen muchísimo. Estos son los días azules y amarillos.
Me gusta atribuirle colores a los sentimientos y a las sensaciones. Hoy el día era azul y amarillo. Un azul cielo, vibrante. Un amarillo canario, algo tostado. Un día alegre de verano.
Pero no me siento bien. No me encuentro bien. Me siento enferma de espíritu. Para variar.

No se qué me sucede. Cada vez que me pasa algo, no sé que es. Vuelve a ser tristeza. Apatía. Agresividad. Vuelve a ser silencio continuo. Y continuamente sonando la misma canción sin letra.

Llevo sintiéndome rara varios días, desde que regresé de las Acebeas. Puede que necesite respirar aire de verdad, otra vez. O puede que sea que se acerca mi cumpleaños. O puede que simplemente quiera llorar.
Aunque prometí que no volvería a hacerlo.
No, no lloraré.

Se me hace muy muy lejano el día de irme al pueblo. Allá habrá días dorados. Cuando pienso en mi pueblo pienso en dorado, en un dorado precioso. Y en un azul blanquecino, que se intercala con un naranja suave.
Sólo pensando en colores ya se me inflan los pulmones y me entran ganas de derrumbarme sobre el asiento de mi escritorio. Se me hace lejano y diría que casi inalcanzable.