sábado, 8 de diciembre de 2012

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Hoy he tenido en mis manos el cadaver de un gatito que nació muerto y me he sentido la cosa más insignificante del universo.
No me he lavado las manos aún, porque todavía puedo sentir su cuerpecito bajo mis dedos, y el tacto de la placenta, el cordón umbilical y... Me congelo al recordarlo. Cada vez que lo tocaba, suplicaba poder notar algún signo de que estaba vivo, cualquiera.
Es injusto que la muerte pueda alcanzarnos cuando se le antoje. Al menos debería darnos la oportunidad de nacer, a todos, de poder ver la luz, ver a nuestros padres, de sentirnos queridos y de poder disfrutar del mundo que ha sido creado para nosotros. Ni siquiera una madre, puede luchar contra esto. Es algo terrible, creedme. Nacer muerto es la peor de las maldiciones que se pueden desear hacia un ser.
Hoy he presenciado el milagro más hermoso de la vida, y también, el hecho más dramático que ésta puede ofrecernos.



Al final, la esperanza, es lo peor que podemos albergar.