miércoles, 8 de julio de 2015

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No sé si es que ya no tengo tanta paciencia como antes o si es que ahora tengo mucho más amor propio que hace cinco años. Pero no he aguantado más. No he sabido controlarlo ni llevarlo ni filtrarlo. Esta vez me he tapado la boca y me he largado. Sé que no hice lo correcto, pero los demás nunca lo hacen y estoy harta de justificarlos en mi cabeza para poder seguir conviviendo con ellos. En mi cabeza todo funciona mal, pero eso me permite sobrevivir. Como si ese fuera mi objetivo, o como si tuviera uno.

Hoy no te escribo una carta de las mías a mano, porque estoy realmente enfadada y uno no debe utilizar medios lentos para procesar una combustión. No hace ni dos horas que alguien me dijo que yo era insensible, que no había furia en mi interior. Oh, no sabe lo mucho que se equivoca. He ido acumulando a lo largo de estos años un arsenal de inquietudes y divagaciones que al no encontrar buen puerto se iban quedando a la deriva, en mi triangulo de las bermudas personal. Sí, yo me enfurezco, los contratiempos me dan rabia, las personas me hace montar en cólera y por supuesto que soy sensible. El simple hecho de cuestionar mi sensibilidad ya me cabrea. O quizás lo que más me cabrea es que haya quien se sienta conforme, pensando que la cólera y la furia son sentimientos legitimados y que tenemos la obligación de sentir, porque si no “es que no tenemos sensibilidad”. Maldita sea que asco, que rabia me da que mi entorno esté tan envenenado, tan negro, que la gente crea que es natural –y que por ello está justificado- el sentir odio.

El mundo está alimentado desde que nace con odio. Aversión. Un sistema de ¿defensa? O ¿de ataque? Un sistema de defensa convertido en un arma terrible. ¿Contra qué o quién? No niego que existan cosas que den mucho miedo, cosas que nos aterroricen hasta decir basta. Hasta obligarnos a atacar, supongo. Quizás por esto es por lo que está justificado odiar. Sentir ira. Pues en mi opinión es muy triste llegar a esa conclusión. Legitimar así una actitud negativa es como justificar las agresiones físicas en respuesta a una ofensa. A fin de cuentas, cuando descargas tu furia contra alguien, le estás agrediendo. Estás atacando, hiriendo. Creando más odio, más miedo.

El odio no es un sentimiento justificado, ni mucho menos. Ante el miedo, uno no debe atacar para defenderse del miedo, debe eliminar el miedo, hacerse fuerte. No crear un muro dentro del cual poder moverte con seguridad. Hacerse fuerte consiste en saber moverse con seguridad sea cual sea el terreno. No tener miedo te hace más fuerte. No sentir odio te hace más fuerte. La furia y la ira no te hacen más “sensible” y mucho menos más fuerte frente a las adversidades.

No sé si es que ya no tengo tanta paciencia como antes o si es que ahora tengo mucho más amor propio que hace cinco años. Sea como sea no me importa, porque sé que en mi interior, existe y siempre existirá ese triángulo de las bermudas al que mando a morir todos mis demonios y eso me hace feliz.

He conocido la paz. Porque he ido a buscarla. Es una paz fría, y a la vez acogedora. Me permite sumergirme sin ahogarme. Y no voy a dejar que nada ni nadie me aparte de esta paz, que si bien no es la más equilibrada me ha permitido reconciliarme conmigo misma. No, no será ese mi modo de caminar a través de las adversidades, sean del tipo que sean. Ni tampoco será mi final, morir cargada de odio y miedo, víctima de mí misma. Ser a la vez la única culpable, víctima y testigo.

Lo que más siento de todo esto, es tener que contradecirme, aunque no se si es odio. Creo que es pena, lástima. Aunque, como ya he dicho, las cosas funcionan mal dentro de mi cabeza. 

En cualquier caso, un abrazo, un beso muy fuerte y espero que sigas ahí. No se si los fantasmas pueden leer el pensamiento, pero sería fantástico, porque tendría muchas menos cosas que explicarte. Se me da muy mal. Crucemos los dedos



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